Pandemia en Nueva York: no, no es una película

Pandemia en Nueva York: no, no es una película

¿De dónde vengo?

Escribo desde el exilio. Salí del Ecuador hacia Estados Unidos en noviembre del 2016. Y salí también de Union City, New Jersey, hacia el SoHo, Manhattan, en Nueva York, cuando empezó la cuarentena por el COVID-19 en esta ciudad.
Mi primer exilio estuvo marcado por la adversidad que conlleva el desempleo, como consecuencia de haber sido despedida intempestivamente del entonces Consejo Nacional de Cinematografía del Ecuador (Ahora ICCA), y casi inmediatamente, por mi renuncia laboral ante la Fundación Museos de la Ciudad, en Quito. Esto, en virtud de la visibilidad física y virtual que adquirió mi activismo desde la plataforma feminista Malcriada Total Producciones, a mi cargo. Es un espacio dedicado a poner de manifiesto el atropello a los derechos humanos y los derechos de la naturaleza mediante gestos de resistencia pacífica que, sin embargo, produjeron escozor en sendas instituciones.

Una vez llegada a Estados Unidos, en menos de un semestre probé suerte en Sedona, Arizona, y en Miami Beach, Florida. Finalmente, me instalé en New Jersey, donde actualmente alquilo una habitación, cuya renta pago con los réditos que me produce el trabajo de cuidado que realizo y las clases de español que imparto de manera particular.
Mi segundo exilio, de New Jersey a Nueva York, tuvo lugar el 17 de marzo de este año, cuando me mudé al departamento de mis actuales empleadores, quienes dejaron Estados Unidos a raíz del brote del virus. He traído conmigo lo esencial para desarrollar el trabajo encomendado y para continuar con la tutoría en línea, esto es: la certeza de querer resistir hasta cuando me sea posible para proveer a mis hijos de una vida digna. A mis labores se suman ahora acciones antes impensables, como aquella de lavar cada esquina de todo producto que traiga conmigo desde el supermercado o la farmacia.
(foto 2 y 3)

La lucha que persigue Malcriada Total Producciones es la colectiva, la comunitaria, la del bien común; es así que me he acompañado en estas líneas de otras miradas que, desde la ventana de sus trincheras, experimentan el aislamiento en La Gran Manzana. Aquí vienen. 

Desde “mi” ventana

El departamento donde vivo la cuarentena está ubicado en el SoHo, una exclusiva zona de Manhattan, habitada por los mismos perfiles de cualquier área gentrificada de toda metrópolis contemporánea: yuppies, estudiantes de universidades privadas, burgueses ilustrados, los últimos abuelos del barrio y gente sin hogar. Mientras merma la cantidad de transeúntes jóvenes desprovistos de mascarilla y guantes conforme suben las cifras de muerte por el COVID-19 en Nueva York, el número de personas que salen a las siete de la noche a sus ventanas para aplaudir al personal médico crece en tiempo y espacio. Miro también por la ventana guantes de látex tirados en la vereda, personas en situación de calle tratando de anidar en los portales de los edificios, expulsadas luego por la policía tras las quejas enfurecidas de los vecinos. El 50% de los repartidores no lleva protección alguna. Una mujer de casi 70 años que trabaja para la oficina de correos hace su trabajo en la cuadra cada dos días. Conversa amablemente con los transeúntes, y a todos les dice: “Como no tengo con quién hablar, hablo conmigo misma”. No usa PPE (Personal Protection Equipment), pero tiene su hands sanitizer. Van creciendo como la espuma conforme pasan los días los gritos violentos de unos a otros: porque sí, porque no y porque también.

Desde una ventana en Flushing, Queens

La persona que me brinda su testimonio desde esos lares prefiere mantener el anonimato. Trabaja para una agencia de la ciudad y vive bajo el mismo techo que un médico neoyorquino, razón por la cual ha dejado de ser asidua usuaria de los parques aledaños: no es recomendable salir para no contribuir al colapso sanitario, me dice. También me comenta que la gran población de origen asiático y particularmente chino de Flushing ya usaba mascarilla desde antes del brote del virus pandémico, por epidemias y fragilidades anteriores. Hoy salen de sus casas exclusivamente para hacer compras básicas y pasear a sus perros. Circulan también unos pocos buses metropolitanos. Por su parte, el personal de entrega a domicilio va dejando la labor, en vista de que las propinas han sido reducidas considerablemente.
Me dice también que ahora más que nunca puede escuchar las aves. Tiene todo el tiempo la sensación de que es domingo.

Desde una ventana en Washington Heights, Manhattan

Ángeles Donoso es una profesora, investigadora y activista chilena radicada en Nueva York. Durante todo el año acompaña procesos de emigrantes y sus familias, junto a otrxs activistas y en santuarios que por el momento prestan ayuda remota, desde la limitación de la hotline que no para de sonar; y desde el internet, saturado con nuevos casos de encarcelación a jóvenes que han migrado a Estados Unidos, huyendo de la extrema pobreza y violencia que viven en sus países de origen(1). Los anteriores casos de apoyo están parados en la cortes debido a la pandemia, así como talleres y otras actividades de empoderamiento en derechos que Ángeles y sus colegas desarrollan constantemente. Una de las cosas que más lamenta es que el virus se haya llevado a Lorena Borjas, una potente activista afrodescendiente por los Derechos LGBTIQ (2). Ella, claro está, es una de las miles de personas en la ciudad que se une cada noche al aplauso a lxs trabajadorxs del sector de la salud a las 7pm, con el mismo entusiasmo con que se une al cacerolazo de las 8pm que clama a gritos que el pago de la renta se congele en Nueva York y en New Jersey, en todos los estados. Su ventana viste una bandera que lucha con la consigna: FREE THE PRISONERS #FreenThemAll (3).

Fotografía: Ángeles Donoso
Ilustración: Corredores Migratorios, a partir de una fotografía de Ángeles Donoso

Desde una ventana en Bay Ridge, Brooklyn

Cinthya Santos Briones es una fotógrafa mexicana, antropóloga, etnohistoriadora y organizadora comunitaria que reside en Nueva York(4). Vive actualmente en Bay Ridge, luego de seis años de haberlo hecho en Sunset Park, una zona con altas cifras de migrantes con los que sigue fuertemente vinculada junto a su esposo, sacerdote luterano ligado a la Teología de la Liberación. Al momento, ambos -al igual que otros miembros de la comunidad- están armando un contingente alimentario (lo llaman “activar una respuesta moral de justicia”) para aquellas personas que por efectos del covid-19 han sido despedidas temporal o definitivamente de sus trabajos: empleadas de limpieza, niñeras, meserxs, repartidorxs. Seres humanos en la total indefensión y precarizados a los que se suman -entre otrxs- las mujeres ecuatorianas muy conocidas por su venta callejera de mangos y churros. Hay vecinxs que le cuentan por la línea telefónica de ayuda que manejan hace tiempo que están racionando la alacena. Todxs ellxs viven en hacinamiento: familias de cinco, ocho miembros en una sola habitación, a cargo de una casera que recoge botellas, retira niños de las escuelas, hace comida para vender y vende ropa usada. 

Otras personas narran la desesperación de no poder comunicarse con sus cónyuges, que han sido deportados o a quienes mantienen en la cárcel de Bergen, en New Jersey, donde se han confirmado ya casos del letal virus. Cinthya me dice que acompañan también a chicxs que entraron a Estados Unidos siendo niñxs y que siguen laborando para familias de judíos ortodoxos, quienes no han prescindido de sus servicios. No han faltado -comenta- los testimonios que afirman no tener tan siquiera tiempo de pensar en la pandemia y que agradecen tener un trabajo -sin protección alguna- porque lo contrario significaría la hambruna.

Fotografía: Cinthya Santos Briones

El relato oficial y el relato alternativo

Todos los días, el gobernador del Estado de Nueva York, Andrew M. Cuomo, el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ofrecen una rueda de prensa a los medios de su versión actualizada del estado del COVID-19(4). En resumen: mientras los primeros muestran estadísticas, cifras y proyecciones realistas de diversos escenarios, el último minimiza el horror, insulta cuando le piden insumos e inicia operaciones contra el narcotráfico en Venezuela y El Caribe. Más allá de que Cuomo sea demócrata, desde una perspectiva más amplia, prevalece un posible histórico y radical cambio de paradigma: es literalmente increíble escuchar del gobernador de la ciudad donde se asienta la máquina generadora del capitalismo salvaje, que no pondrá el dólar sobre el ser humano, al tiempo que se pregunta furioso: ¿por qué Estados Unidos está comprando insumos para salvar vidas a China? ¿Son las respuestas a estas interrogantes lo que Cuomo llama a la realidad post-covid-19 el “new normal”?
Los canales latinos mantienen su estilo salsero-apocalíptico. Informan ya el deceso de un cura mexicano súper influyente en la comunidad migrante, ya el de la profesora dominicana a la que todos amaban, a la par que aconsejan hacer un testamento y hablar con la familia de qué debe hacerse en caso de que el virus maligno se los lleve, pues una vez dentro del hospital el futuro es incierto. Más adelante, dan paso a todo el repertorio de artistas latinos trinando, sentados en su verde limón.
Todos los días, Democracy Now! ha amplificado la voz de trabajadorxs de hospitales como el Montefiore, del Bronx, que han salido hasta la puerta con carteles a hacer huelga para exigir insumos adecuados y suficientes para protegerse. Este medio lleva hace un seguimiento exhaustivo de este tipo de manifestaciones de resistencia en el ámbito nacional e internacional. Desde que el virus brotó, este medio no ha cesado de llamar la atención de cuán grande es la cifra de personas fallecidas e infectadas por el covid-19 en poblaciones precarizadas como la afrodescendiente, la migrante “libre” y la que está en prisiones, así como la de personas refugiadas. A muchas de ellas se les ha negado la atención porque no hablan inglés, afirma(5).

Política pública

Las organizaciones que luchan por los derechos de los migrantes en Estados Unidos no se han hecho esperar para levantar la voz de protesta por el hecho de que el gobierno federal haya provisto de 45 mil mascarillas N95 a agentes del ICE  (Immigration and Customs Enforcement), de migración y aduanas, quienes durante la pandemia han hecho redadas masivas de deportación a sabiendas de que el aislamiento ha producido un stand by general en las cortes de toda la nación, de que en los “gallineros” (como llaman a las jaulas donde los mantienen) el covid-19 es un hecho, y de que los hospitales claman a gritos ser provistos de estos cubrebocas. Para la gente emigrante detenida en cárceles, se demanda su inmediata liberación.

A este panorama aciago se suma el despido laboral intempestivo que literales millones de neoyorquinos han sufrido a raíz de la paralización del mundo. Para quienes tienen residencia legal en el país, el gobierno ha implementado una serie de bonos y créditos y ha congelado la declaración anual de impuestos. Para este sector de la población y para las personas irregularizadas por el mismo Estado, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez ha redoblado los esfuerzos en las mesas de discusión para que los beneficios de salud y empleo cubran el espectro más amplio y justo posible, con énfasis en el alcance de la  Ley Cares y de todas aquellas que apuntan a que el recurso vaya directo hacia las pequeñas empresas y no a Wall Street. No menos fuerte es la apuesta de estxs congresistas, por estos días, para evitar que la renta impaga cause la expulsión de la vivienda (6). 

Apoyo comunitario en marcha

En Nueva York -como en varias ciudades del planeta- están vigentes durante la cuarentena diversos contingentes de ayuda para inmigrantes. Por ejemplo, Make the Road New York imparte talleres online a empleadas de hogar sobre sus derechos laborales y cuidados de la salud. Organizaciones como New Sanctuary Coalition, Sanctuary for Families y muchas más, en los cinco boros de la ciudad; están produciendo constantemente información sobre recursos físicos y virtuales de salud, alimentación, transporte y apoyo legal en caso de deportación y violencia de género: canastas de alimentos, hotlines para emergencias, redes de cuidados para niñxs cuyxs madres y padres deben ir a trabajar(7). 

Cifras

Para cuando cierro este artículo (6 de abril de 2020), la cifras covid-19 en el Estado de Nueva York revelan que hay 130.689 casos y 4.758 muertos. En Estados Unidos hay un total de 344.554 casos y 10.252 muertos. Se observa en las últimas 48 horas un potencial aplanamiento de la curva. Las cifras las emite únicamente el gobernador Cuomo en su rueda de prensa diaria. Luego de eso, explica la imposibilidad científica de saber qué puede pasar luego de la consideración de uno u otro modelo estadístico que arroja proyecciones. Por lo pronto, el cierre de escuelas y establecimientos no imprescindibles se extiende hasta el 29 de abril (8). En Nueva York, que la curva se aplane dependerá de la tensión entre el comprobado hecho de que el distanciamiento social previene el contagio y la imposibilidad que tiene la gente pauperizada de poder quedarse en casa sin morir de hambre o por la violencia que supone el hacinamiento perpetuo. Una cifra más…el tigre del zoológico de la ciudad, que dio positivo en la prueba de covid-19. Otros tres presentan síntomas de un probable contagio que viene del ser humano.

¿A dónde voy?

Mi situación laboral, como la de millones, es aún incierta. ¿Quedarme o regresar al Ecuador? ¡He ahí la cuestión!, tan incierta como la cura del covid-19. La certeza que sí tengo es la misma de siempre: que todo es exagerado cuando se mira desde el privilegio, que quedarse no debe ser un privilegio de clase sino un derecho, que mientras me queden fuerzas voy a seguir resistiendo por el derecho a una vida digna, dentro o fuera de los Estados Unidos; que la salud tiene que ser gratuita y eficiente en todas partes, que el mundo está sostenido sobre la base del trabajo explotado, que solamente el pueblo salva al pueblo, que las mujeres estamos tres veces más expuestas a violencia en el aislamiento…y que por una taza de arroz, dos de agua. 


(1) Ángeles Donoso Macaya es profesora, investigadora y activista chilena radicada en Nueva York. Es profesora asociada en The Borough of Manhattan Community College/The City University of New York (CUNY) y organizadora comunitaria en temas vinculados a los derechos de lxs inmigrantes. Desde el 2017 colabora con diferentes organizaciones vinculadas a esa labor en la ciudad de Nueva York (New Sanctuary coalition y Sanctuary Neighborhoods). Es autora de The Insubordination of Photography: Documentary Practices under Chile’s Dictatorship (U of Florida Press, 2020) y coeditora del volumen Latina/os on the East Coast: A Critical Reader (Peter Lang, 2015).
(2) https://www.lorenaborjas.org/
(3) https://www.newsanctuarynyc.org/freethemall
(4) http://www.cinthya-santosbriones.com/
(5) https://www.democracynow.org/es
(6) https://www.facebook.com/92998331295/videos/145728183527832/
(7) https://sanctuaryforfamilies.org/
(8) https://www.youtube.com/watch?v=K033NDQbC3A

María Belén Moncayo

Ni de aquí ni de allá. Activista feminista. Presidenta de la plataforma Malcriada Total Producciones. Directora del Archivo AANME. Escritora delirante. Terapeuta Trash-Pershonal. Le gusta el color rojo, el helado de pistacho, detesta los vegetales y adora la ropa. El algoritmo OMG dice que la aman por su carácter, pero la odia por su belleza. Fuma asfalto y bebe lluvia.

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