¿Dónde está?

¿Dónde está?

Nos conocimos a finales de agosto de 2019, sentadas la una a lado de la otra en la Fila 18 del vuelo de Aeroméxico que cada mañana despegaba de Quito a la Ciudad de México. Yo tenía el asiento C, iba al pasillo. Aunque a ella le habían asignado el asiento del medio, no quitaba su vista del que va a la ventana. Ahí viajaría Juan, su hijo de 5 años. Su blusa blanca combinaba con su traje sastre de dos piezas: una falda y un blazer, ambos grises. Su pelo negro iba muy bien trenzado. Llevaba puesto un par de aretes largos brocados en oro. Traía tacos negros de charol y una cartera grande de cuero del mismo color. Esa misma elegancia la tenía Juan, quien a su corta edad viajaba con terno y corbata. Pocos minutos antes del despegue, me miró, suspiró, y llena de nerviosismo me dijo: “es la segunda vez que voy en avión, pero no la primera vez que voy a México”.

Luz de América tenía 38 años cuando la conocí. Nació y creció en San Antonio de Quisapincha, una de las parroquias del cantón Ambato, en la provincia de Tungurahua. Este es uno de los cantones con mayor índice de pobreza a nivel nacional en Ecuador[1], y por eso la vida ahí no ha dejado de precarizarse. Así lo resienten los campesinos que, como los padres de esta mujer, viven de la agricultura. “La tierrita da muy poca plata, por eso aprendí a trabajar con cuero”, me decía Luz de América. Ella, como tantos otros artesanos de Quisapincha, aprendió a moldear, cocer y pintar cuero para fabricar zapatos. Sus manos ásperas y llenas de cicatrices confirmaban su esfuerzo diario en el cultivo de la tierra y en el trabajo con cuero, esfuerzo que no se revertía, sin embargo, en un ingreso digno. Trabajando todos los días, Luz ganaba USD 170 dólares al mes, monto que apenas cubría su subsistencia.

En cuatro horas y media por avión se recorren los 3.200 kms que separan a Quito de la Ciudad de México. Ese mismo tiempo resulta corto cuando se trata de recorrer un trayecto de vida pasada para tejer conexiones con el presente. En esas horas en el aire, de la manera más inesperada, Luz de América rememoró y compartió conmigo su primera experiencia migratoria mientras experimentaba a la vez, en ese mismo instante, cómo empezaba a desenvolverse la segunda.

Hace dos años se fue mi esposo. Vive en Queens. Él pagó a un coyote que le cruzó. En Quisapincha la gente sabe cómo llegar. ¿No ve? por eso mi esposo ya está ahí arriba […]Yo así me fui la primera vez […] Nos íbamos a encontrar en Nueva York, y después le íbamos a mandar a buscar al Juan.

En enero de 2018, Luz de América encargó  su hijo a su madre y salió “por la chacra”.  Demoró más de 6 semanas hasta llegar por tierra a México. Iba indocumentada y guiada por el mismo coyote que había llevado a su esposo. Así cruzó una parte de la ruta que ahora sobrevolaríamos: Colombia, Centroamérica y el sur de México. Por tierra también cruzó la frontera entre México y Estados Unidos, e incluso avanzó al interior de territorio estadounidense hasta que fue detenida. Por estar confinada en un centro de detención, padeció lo mismo que tantos otros millones de migrantes indocumentados: “nos castigaban y nos llevaban a unos cuartos helados, más fríos que el páramo, para que estuviéramos ahí metidos”, recordaba Luz de América. Incomunicada y “castigada”, estuvo en detención por más de seis meses, hasta que fue deportada a Ecuador.

Encadenada de pies y manos, Luz de América regresó en un vuelo de deportación. Ese fue el primer viaje en avión de su vida. Tenía la certeza de que volvería a emigrar, pero no sabía bien cuándo. No quería padecer el “castigo de la hielera”, ni dejar a Juan otra vez.  Por eso dudaba, mientras su esposo, desde Queens, le insistía en que volviera a internar. Él decía que así mismo es la ruta, que a la primera no se cruza, y que como él había pagado al coyote, ella todavía tenía dos intentos más de cruce hasta llegar a Estados Unidos.

Iglesia del señor de Andacocha, Guachapala, Azuay. De la autora.

Entre sus propias dudas y las insistencias externas, algo inesperado sucedió. En noviembre de 2018, México eliminó el requisito de visado para ciudadanos ecuatorianos. Esto suponía que Luz de América podría viajar ya no como indocumentada, sino con pasaporte en mano; ya no por tierra clandestinamente, sino por avión; y, que en 4 horas y media –y no en seis semanas–, llegaría a México. El cambio en la política de visado coincidió con algo más: el incremento de la llegada de niñas, niños y adolescentes migrantes centroamericanos no acompañados y acompañados a Estados Unidos. En ese país existe por ley un límite máximo de 20 días para mantener la custodia de menores de edad en centros de detención. Ante esa masiva llegada, algo excepcional sucedía. Para no contradecir el tiempo establecido por ley, en ese contexto, las madres, sus hijas e hijos indocumentados, aun cuando fueran detenidos, eran puestos en libertad  bajo un esquema condicionado: presentarse ante una corte migratoria antes de que se cumpla el límite por ley. Bajo ese esquema, su condición indocumentada no cambiaba, pero éste habilitaba excepcionalmente ciertos ingresos a madres e hijos migrantes a Estados Unidos.[2] De hecho, un mes y medio antes de que Luz de América emprendiera su viaje, su cuñada y sus dos sobrinos menores de edad volaron a México y, siguiendo ese esquema, lograron llegar a Nueva York.

Ya que el contexto migratorio era excepcional y prometía un tránsito más acelerado y aparentemente menos riesgoso, Luz de América decidió partir por segunda vez. El mismo coyote que la guio en su primer intento organizó su segunda salida y le entregó una serie de instrucciones escritas que se sumaron a los consejos dados antes por su cuñada. Por eso, ella sabía de antemano que uno de los mayores desafíos que tenía era cruzar junto con su hijo el control migratorio en el aeropuerto de México haciéndose pasar como turistas. Luz de América tenía que enfrentarse a un sistema migratorio que a priori discrimina a ciertos cuerpos en base a construcciones racializadas de los seres humanos. Ella tenía que contradecir ese sistema para calzar en la categoría de turista y no en la de potencial migrante –aunque lo fuese– para consumar su proyecto migratorio, que era nada más y nada menos su proyecto vital.

Si Luz lograba pasar el control migratorio, el resto parecía más simple. Ella y Juan serían guiados hasta la frontera norte y se entregarían a la autoridad migratoria estadounidense. Si todo iba bien después de que los liberaran, en unas cuantas semanas llegarían a Nueva York. El camino parecía nítido. Pero, estando todavía en Quito, recibió una advertencia. El agente migratorio que sellaba su salida, después de preguntarle a dónde iba, le advirtió: “usted no podrá entrar a México”. Haciendo caso omiso a esa sentencia aparentemente irrefutable de la autoridad migratoria, Luz de América tomó su pasaporte. Ella sabía que esa advertencia no era en vano: “mi pasaporte tiene mancha porque fui deportada. Por eso me dijo eso el policía. Pero, yo estoy segura de que voy a pasar”, reiteró Luz de América, con un tono de certeza que no lograba del todo ocultar su nerviosismo y su miedo.

En su cartera llevaba todo lo que ella y su hijo necesitan. Su Smartphone cargado, un chip de celular mexicano, suficiente dinero en efectivo para cubrir los gastos del camino, unos dulces y los juguetes de Juan. La búsqueda incesante de una nueva vida para ella y su hijo hacía que Luz de América no se amilanara fácilmente. Ni la pobreza, ni las restricciones para emigrar, ni las advertencias del control estatal, la habían detenido. Tenía una fortaleza real que surgía de su experiencia vital y que no pretendía ocultar sus propias fragilidades. Mientras relataba una parte de su vida, hacía pausas. Se silenciaba mientras su cuerpo se contraía porque le costaba recordar los dolores que cargaba. Sus ojos se llenaban de lágrimas cuando recordaba lo que había sufrido estando detenida en la hielera y lejos de su hijo.  Se tomaba muy fuerte de las manos, casi como si estuviera rezando, cuando se imaginaba a sí misma cruzando el desierto y llevando en brazos a su hijo. Me decía que tenía miedo, miedo de cruzar fronteras. Pero tener miedo no implica no tener coraje ni valentía. Eso era lo que a ella la constituía.

A 45 minutos de aterrizar, Luz de América me pidió un favor. La azafata nos entregó la forma migratoria que debíamos llenar para ingresar a México. Fue entonces cuando me confesó que solo había terminado segundo grado de primaria y que apenas leía y escribía. Necesitaba que la ayudara a llenar su forma migratoria. Juntas la llenamos  yaterrizamos en menos de lo pensado. Cuando el avión se detuvo, Luz de América me volvió a sonreír y me dijo: “tengo un poco de miedo. Pero con ayuda de la Virgen pasamos”. Con inquebrantable fuerza, tomó a Juan con la una mano, y con la otra agarró su cartera. Salieron del avión antes que yo. Permanecí cerca, lo suficiente para que Luz de América supieraque ahí estaba por si en algo podía ayudarla. Ilusamente, pretendía yo con mi presencia darle fuerzas a una mujer que no había dejado jamás de luchar por su vida y que, decidida, caminaba frente a mí a punto de dar una nueva batalla.

La fila para cruzar el control migratorio no tardó mucho. Luz y Juan pasaron primero. Se acercaron al puesto de control y ella entregó su pasaporte y el de su hijo al agente migratorio mexicano. Preguntas iban y venían. Había un diálogo en silencio en las miradas que ellos se intercambiaban. Juan, sin entender lo que pasaba, esperaba a un lado. Dándole la mano a su madre, él, a sus 5 años, era la mayor fuente de fortaleza que esa mujer necesitaba. Yo atestiguaba de lejos algo de lo que quizá nadie más se percataba: cómo la fuerza vital de esa mujer de Quisapincha, campesina y artesana que apenas sabía leer y escribir, era el verdadero pasaporte que tenía para hacer frente al control. Sin más, el sello de migración fue estampado en su “pasaporte con mancha”, y con eso el mal presagio del agente migratorio ecuatoriano se vino abajo. Luz y Juan entraron a México. Imagino su sonrisa, escucho a lo lejos un suspiro de profunda calma, quizás,porque el primer desafío había sido superado. Luz de América tomó a su hijo y caminaron sin detenerse más.

II

No me cabe duda de que la fuerza vital que hizo posible la entrada de Luz de América  a México seguramente les permitió a ella y a Juan cruzar el territorio mexicano, atravesar la frontera, internarse en Estados Unidos y entregarse a la autoridad migratoria. Su fortaleza le habrá permitido cuidar a su hijo en detención. En ese contexto, era muy poco probable que los hubiesen deportado.

Habrán transcurrido posiblemente varias semanas hasta que por fin los liberen condicionadamente, habitándoles el inicio de su viaje a Nueva York. Entre el cierre de 2019 y los dos primeros meses del 2020, Luz de América y Juan habrán empezado a decodificar la vida en Queens. Ella seguramente habrá empezado a trabajar sin cesar en algunos de los múltiples empleos que el mercado informal en Nueva York guarda para migrantes indocumentados como ella. Limpiará casas, baños, o restaurantes; cocerá o lavará ropa; tendrá cualquier otro trabajo altamente precarizado, sin ninguna protección social. Junto con su esposo, los tres estarán viviendo en algún pequeño lugar en Queens. Será algún lugar hacinado, compartiendo sus vidas con varios otros ecuatorianos o latinoamericanos quienes,como ellos, seguramente estarán también indocumentados.

Así como un contexto migratorio inesperado aceleró su decisión de partir por segunda vez, un contexto de pandemia inesperado hoy estará transformando radicalmente el proyecto vital de Luz de América. Hace dos meses un cataclismo sanitario ha venido a desnudar la salvaje desigualdad social contemporánea. A pesar de que las fronteras se han sellado globalmente, la pandemia desatada por el covid-19 no ha desacelerado su viaje de contagio y devastación. Con más de 1.300.000 casos de covid-19 reportados hasta el 8 de mayo 2020, Estados Unidos es hoy el país más afectado globalmente, y el estado de Nueva York, con más de 340.000 casos, es la ciudad más golpeada, superando incluso el total de casos de países enteros. Por eso, la voz y la historia de Luz de América regresan a mí. Su historia, siendo individual, es a la vez la historia de miles de otros ecuatorianas y ecuatorianos quienes, como ella, despojados de derechos, empujados por la violencia de la pobreza en Ecuador, llenos de coraje y valentía, han emprendido viajes inhóspitos para llegar Estados Unidos, y en particular a la ciudad de Nueva York.

¿Dónde está Luz de América? ¿Cómo está? ¿Cómo estará Juan? ¿Cómo estarán todos esos otros migrantes que saliendo por la chacra se quedaron inmovilizados por el cierre de fronteras en el medio de la pandemia? ¿Cómo estarán los ecuatorianos detenidos? ¿Los que cayeron en las hieleras? ¿Los que están a punto de ser deportados? ¿Cómo estarán los cientos de ecuatorianos indocumentados enfermos? ¿Cómo estarán sus familias y sus hijos que se quedaron en Ecuador? ¿Cuántos habrán muerto por el covid-19? ¿Los habrán enterrado? ¿Quién vela esos cuerpos?

De Quisapincha, Dotaxi, Cochapamba, Jima, Gualaceo, Girón, y de tantos otros lugares, emigramos a Estados Unidos, como Luz de América. La formación histórica, social, cultural y económica de Ecuador no se comprende sin atender a ese proceso que ha sido incesante desde finales de la década de 1960. Esa historia se explica por la economía mono-productora del país, altamente dependiente del mercado internacional, y porque el empobrecimiento y la desigualdad sistémica no dan tregua. De hecho, en Ecuador la pobreza ha encontrado en la vida campesina y rural el nicho para reproducirse. No es coincidente entonces que, para hacer frente a la violencia de la pobreza, mujeres y hombres campesinos, como Luz de América, emigren a Estados Unidos, también sin tregua.

Por la chacra, por la pampa, por el camino, con documentos falsos, con visa, sin visa, por avión, por mar o por tierra, se han ido a ese destino 738.000 ecuatorianas y ecuatorianos  que ahora viven en Estados Unidos y constituyen su décimo grupo de origen latino más numeroso.[3] La gran mayoría vive en Nueva York (39%), Nueva Jersey (18%) y Florida (11%).[4] En el “epicentro” del covid-19 en Estados Unidos reside gran parte de la población migrante ecuatoriana. Muchas personas son indocumentadas y por eso están despojados de derechos. Entre otros, el derecho a salud.

En Estados Unidos el 45 % de personas indocumentadas carece de seguro médico, algo que en el contexto de la pandemia es un problema grave.[5] Aun cuando en la mayoría de los  estados de ese país las clínicas comunitarias atienden a pacientes independientemente de su condición migratoria, miles de estas personas no acceden a la salud porque tienen miedo al control y a la deportación. El 24 de febrero de 2020, en la antesala de la expansión del covid-19, la administración Trump puso en marcha la “regla de carga pública” que bloquea la elegibilidad para las tarjetas de residencia de aquellos inmigrantes que han usado, o que el gobierno considera que probablemente usen en el futuro, algún  beneficio público. La atención en salud no califica como beneficio público. En el actual contexto de criminalización y xenofobia contra personas migrantes indocumentadas, no solo existe una mala interpretación de esa regla, sino mucho miedo que frena a los migrantes al momento de buscar atención médica. A eso se suma que las redadas y detenciones en las regiones más afectadas por el covid-19, incluyendo a California y a Nueva York, no han cesado.[6]De manera perversa, ambos hechos exacerban el riesgo de muerte entre la población indocumentada, incluyendo a la ecuatoriana. Es más, esas medidas explican de algún modo la disparidad racial y étnica entre las víctimas de covid-19 en Estados Unidos. Ya el 8 de abril de 2020, datos sanitarios confirmaron que en Nueva York el mayor porcentaje de muertos por covid-19 corresponde a personas hispanas (34%), seguido de afroamericanas (28%)[7]. En esos porcentajes, se cuentan seguramente migrantes ecuatorianos fallecidos allá.

A la par de esas cifras, reportajes de prensa muestran las experiencias límite que están viviendo ecuatorianos y ecuatorianas en Nueva York, precisamente en Queens. Como efecto de la cuarentena nacional, muchos han quedado desempleados. Unos viven hacinados en lugares insalubres, otros han quedado sin vivienda, están enfermos, no tienen seguro médico, o no pueden atenderse en los centros de salud porque tienen miedo a que los detengan y deporten.[8]Aquellos que han enfermado, puede ser que mueran en sus casas, que no sean reconocidos, que pasen a ser cuerpos NN, y que incluso terminen en la fosa común para víctimas de la pandemia que no fueron reconocidas y que ahora se construye en la isla Hart, frente a Nueva York.[9]

Iglesia del señor de Andacocha, Guachapala, Azuay. De la autora.

Por todo eso no podemos dejar de preguntarnos en dónde están Luz de América y Juan, y todos los otros miles de ecuatorianos y ecuatorianas emigrantes. Esa pregunta no apela a una localización geográfica, sí a una localización histórica y por tanto política del lugar que cada persona que emigra ocupa en el devenir histórico y en la contemporaneidad de Ecuador. ¿Dónde están?, es una pregunta que surge de una incomprensible invisibilización de miles de hombres y mujeres de la esfera pública en Ecuador. La agenda política los ha eliminado de sus prioridades, pues desde hace varias décadas se ha tornado in extremo nacionalista y se concentra en combatir la irregularidad inmigrante al interior del espacio nacional y en fortalecer la seguridad en sus fronteras, mientras un violento discurso xenófobo se normaliza en la sociedad ecuatoriana. La agenda mediática, que tiende a ser amarillista, solo exacerba la construcción del inmigrante como amenaza nacional, mientras olvida abiertamente que miles de ecuatorianos y ecuatorianas son los “otros no deseados” en otros contextos nacionales.

En el medio de la pandemia, los migrantes indocumentados han sido borrados de la discusión estatal. En Estados Unidos, el proyecto de ley que aprobó el Senado para inyectar dos trillones de dólares a la economía de ese país y ayudar a los trabajadores, excluyó abiertamente a los más de 12 millones de trabajadores migrantes indocumentados, entre ellos, evidentemente migrantes ecuatorianos. En la escala nacional, el proyecto de ley propuesto por el gobierno de Lenin Moreno para hacer frente a los estragos del covid-19 también los excluyó, es más, ni siquiera los mencionó. Aquí hay una doble negación, a pesar del rol esencial que los migrantes indocumentados cumplen en la vida social y económica en ambos países.

La perversa negación nacional no puede pasar desapercibida, de hecho es burda e intolerable cuando las remesas han sido nodales para sostener nuestra economía. A lo largo de los últimos 20 años, Ecuador recibió sostenidamente más de 49 mil millones de dólares por concepto de remesas, recursos que junto con las exportaciones e inversión extranjera, representan las principales fuentes de liquidez del país para mantener el esquema de dolarización. Es más, en las últimas dos décadas, las remesas representaron 3.6 veces la inversión extranjera directa, que solo llegó a aproximadamente 13 mil 500 millones de dólares[10]. ¿Acaso hemos olvidado que no son sólo las commodities de la economía extractiva y la inversión extranjera las que sostienen la economía de este país sino también lo es la fuerza laboral migrante que desde hace más de cinco décadas exportamos desde Ecuador al extranjero?

Preguntarnos por Luz de América es preguntarnos por la historia de un país migrante que lleva décadas despojando de derechos y expulsando en silencio a sus nacionales. Preguntarnos por ellos y ellas es apelar a nuestra desmemoria y a los deliberados modos en que los hemos desaparecido de la vida pública, negándoles el rol determinante que cumplen en el tejido social, político, cultural y económico de un país transnacional. Preguntarnos por ellos, por ellas,es apuntar a un Estado fracasado y desnudar su absoluta inoperancia para responder y proteger a los miles de ecuatorianos y ecuatorianas que han venido sosteniendo el país y que hoy luchan por sus vidas.

Mientras la severidad de la pandemia arrasa las vidas de los más “desechables”, nuestra desmemoria nos arrasa como colectivo. Son las narraciones y las imágenes de las vidas migrantes las que nos exigen hacer presente lo que hemos querido volver ausente. El relato de Luz de América evoca imágenes narradas de su travesía, de su coraje y de su valentía. Esas imágenes son indisociables de la memoria de un país que es hoy constitutivamente migrante.

Susan Sontag (2011)[11] se preguntaba por el rol político que las imágenes tienen para potenciar una conciencia crítica ante la barbarie del presente. Su reflexión surgía de contextos de guerra. La guerra rasga, desgarra; la guerra rompe, destripa; la guerra arruina, decía Sontag. Por eso, “ser observador supone tener la suerte de haber eludido la muerte que ha fulminado a otros”, nos interpela Sontag. Aunque no atravesamos ahora una guerra, la atrocidad de esta pandemia ha tornado la vida de miles de personas en un campo de batalla contra la muerte. Esa es la realidad sobre todo de aquellos que han sido despojados de derechos como los migrantes indocumentados. No podemos ser simples observadores pasivos y desmemoriados ante la barbarie que esta pandemia está desatando. Si tenemos la posibilidad de observar es porque miles de otros más están siendo fulminados. La memoria y las imágenes del presente deberían producir un llamado a la conciencia crítica y a la exigencia ante un Estado fracasado que no cuida las vidas de sus ciudadanas y ciudadanos. Encontrar a Luz de América, ver las imágenes de sus relatos, nos localiza en el presente y nos devuelve la responsabilidad que como observadores aún no fulminados por la muerte, tenemos para politizar nuestras memorias e interrumpir así la reproducción de un presente que quiere desechar a la vida. La fuerza vital de Luz de América tendría que darnos luz para relocalizar y resignificar nuestra historia política como el país migrante que somos.

Houston, Texas, frontera con México, 14 de abril de 2020


[1]  La Hora (2019).  Ambato ocupa el tercer lugar a nivel nacional en índice de pobreza”. 30-01-2019. https://www.lahora.com.ec/tungurahua/noticia/1102218754/ambato-ocupa-el-tercer-lugar-a-nivel-nacional-en-indice-de-pobreza

[2] Esa política permitió efectivamente la entrada de muchas madres y sus hijos e hijas centroamericanos y ecuatorianos a Estados Unidos. Ver: Davis, John (2019). “Border Crisis: CBP’s Response”. https://www.cbp.gov/frontline/border-crisis-cbp-s-response.

[3] Luis Noe-Bustamante, Antonio Flores y Sono Shah, “Facts on Hispanics of Ecuadorian Origin in the United States, 2017”, Pew Research Center, Hispanic Trends (sitio de internet), https://www.pewresearch.org/hispanic/fact-sheet/u-s-hispanics-facts-on-ecuadorian-origin-latinos/

[4]Noe-Bustamante, Luis, Flores, Antonio y Shah, Sono ( 2019). “ Facts on Hispanics of Ecuadorian Origin in the United States, 2017”. https://www.pewresearch.org/hispanic/fact-sheet/u-s-hispanics-facts-on-ecuadorian-origin-latinos/.

[5] KFF (2018). “Health Coverage of Immigrants”, 18-03-2020. https://www.kff.org/disparities-policy/fact-sheet/health-coverage-of-immigrants.

[6]Kim,C (2020). “Low-income Immigrants Are Afraid to Seek Health Care amid the Covid-19 Pandemic”, 13-03-2020.  https://www.vox.com/identities/2020/3/13/21173897/coronavirus-low-income-immigrants. Jordan, m. (2020). ‘We’re Petrified’: Immigrants Afraid to Seek Medical Care for Coronavirus. 18-03-2020

https://www.nytimes.com/2020/03/18/us/coronavirus-immigrants.html

[7] Robinson, D (2020). “In New York State, the Black and Hispanic Populations Are at Higher Risk of Dying from Coronavirus, Preliminary Data Show”, 8-04-2020. https://www.usatoday.com/story/news/health/2020/04/08/ny-plans-release-covid-19-racial-demographic-data-amid-concerns/2969478001/.

[8] Correal, A y Jacobs, A (2020). “A Tragedy is Unfolding Inside New York’s Epicentric”. 9-04-2020.  https://www.nytimes.com/2020/04/09/nyregion/coronavirus-queens-corona-jackson-heights-elmhurst.html

[9] El País (2020). “Nueva York abre una gran fosa común en la isla de Hart que recibe 25 cadáveres al día”, 10-03-2020. https://elpais.com/sociedad/2020-04-10/nueva-york-abre-una-gran-fosa-comun-en-la-isla-de-hart-que-recibe-25-cadaveres-al-dia.html.

[10] El Comercio (2020). “ Ecuador recibió USD 49 125 millones por remesas desde 1999”. 20-01-2020. https://www.elcomercio.com/actualidad/ecuador-remesas-emigrantes-dinero-economia.html.

[11] Sontag, S (2011). Ante el dolor de los demás. Madrid: Alfaguara.

Soledad Álvarez Velasco

Es miembro del Colectivo de Geografía Crítica de Ecuador. Actualmente es investigadora post-doctoral en la Universidad de Houston.

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