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CORREDORES MIGRATORIOS
Migrar por violencia sexual
Fotografía: Verónica Lombeida

Migrar por violencia sexual

Los largos caminos de las mujeres ecuatorianas

Elvia es una de las “6 de cada 10”. Y sus hermanas. Y su sobrina. Todas han vivido violencia física, psicológica y sexual dentro de su familia. Su hermano y su primo han sido dos de sus agresores. Son de Cañar. Por eso, Elvia no quiere volver a Ecuador. Ojalá no volviera nunca, pero Estados Unidos, a donde ha llegado con mucha dificultad, tiene procesos cada vez más inhumanos de negación de visas y de deportación. Ninguno de nuestros países justifica la migración forzada por violencia sexual, pero hay miles de jóvenes mujeres que deben huir por violencia de género ejercida en la familia, por parte de amigos organizados en pandillas, por parte de hombres en sus comunidades. Esos miles de jóvenes mujeres enfrentan en Ecuador un destino colectivo de maternidad forzada e imposibilidad de abortar. 

 

Conozco la historia de Elvia y de otras jóvenes de Azuay y Cañar al colaborar con peritajes de contexto en sus proceso legales en Estados Unidos, son historias documentadas una por una. Cientos de jóvenes ecuatorianas están llegando a Estados Unidos para huir de la violencia de género y poder vivir. Llegar por su cuenta quiere decir arriesgarse en caminos coyoteros. Cruzar más de una frontera solas o con bebés. Salir huyendo de una violación con temor de estar embarazada y, a la vez, temer ser violada en el camino. Salir con maldiciones de la familia y llegar al Norte con temor de enfrentar reprimendas de la familia que ya ha migrado, pues había dejado a las jóvenes al cuidado de la casa. Salir sin saber si se llegará viva a la frontera de las fronteras, pero no tener otra alternativa que intentarlo. Es la huida o vivir en temor permanente. Huir es el acto de valentía que les permite a las jóvenes migrantes ecuatorianas imaginar vidas sin violencia, aunque eso les signifique no poder volver a sus comunidades.

 

El documento de referencia de medición de la violencia de género en Ecuador es la encuesta nacional INEC sobre relaciones familiares y violencia contra las mujeres. Aunque tiene ocho años es la más abarcadora y segrega datos por provincia, importante en contextos migratorios, por ejemplo. Cañar es una de las provincias ecuatorianas con mayor migración histórica a Estados Unidos. 

 

Si más de la mitad de nosotras vivimos violencia y probablemente seremos violadas o asesinadas, eso indica un orden que perpetúa a agresores, violadores, acosadores: hay una estructura de impunidad hecha para eludir responsabilidades. Decimos siempre “seis mujeres han vivido violencia” pero no “los hombres están ejerciendo violencias de todo tipo, y podrían ser 6 de cada 10 de ellos”. La relación “6 de 10” no es de una a uno, pues hay mujeres que han sufrido violencia de varios hombres, y hombres que ejercen varios tipos de violencia a la vez. Es decir, una sola mujer de esas seis podrá haber vivido violencia de su pareja, pero también de su padre o de sus compañeros de trabajo. Tras la cifra “6 de 10” hay millones de agresores amparados por una impunidad histórica que, en Ecuador, es evadida por el Estado, poco cuestionada en lo social y aprovechada por el poder eclesial católico y evangélico para sostener el “modelo original” de familia, a costa de lo que sea. 

 

Elvia, una de esas seis, es de una pequeña comunidad en Cañar, una de las provincias más golpeadas por la pobreza y por el abandono estatal, provincia en su mayoría indígena, donde un tercio de la población es rural. El día 17 de septiembre, la Asamblea Nacional de Ecuador votó en contra de la despenalización del aborto por violación. En esa comunidad de Cañar, la violación es uno de los modos más frecuentes de reproducción de la vida, si analizamos en conjunto las estadísticas que registran violencia sexual, edad, violencia incestuosa y violencia de pareja y ex pareja. Si miramos la maternidad forzada como una verdadera perspectiva crítica y observamos este país a través de ella, veremos, sin remedio, que hay lugares de Ecuador en donde la vida se reproduce, principalmente, dentro de un régimen que somete a las niñas y a las mujeres a la maternidad forzada, y que es esta forma de reproducción de la vida lo que les indica a las niñas y mujeres que siguen naciendo en contextos de pobreza y abandono cuál será su destino.

 

Según un estudio de Unicef, en Cañar, 37% de hogares tienen a alguien trabajando en el extranjero. Es decir, casi la mitad de la población tiene vínculos familiares rotos, familias separadas, niños y niñas dejados por sus padres migrantes al cuidado de abuelos, tíos, o sin cuidado alguno.En cuanto a las niñas, quedan expuestas a la violación y el embarazo infantil, un embarazo que nadie atenderá debidamente como acto de violación. Seis de cada diez niños y niñas en Cañar no viven con sus padres, según el mismo estudio. Al abandono del estado y a la pobreza se suma también la ruptura de vínculos familiares por migración, y es una migración internacional, a Estados Unidos, por ejemplo. Por tanto, se trata de una migración que nos plantea problemas transnacionales de género cuando se refiere a la violación, la maternidad forzada, la imposibilidad de abortar la falta de acceso a la salud, la falta de educación y el abandono. Todo esto se acentúa en hogares indígenas: 28% de niñas menores de 18 años que viven en hogares indígenas y rurales tienen a sus padres viviendo en el extranjero.

 

¿Por qué hablar de problemas transnacionales de género? No hay ninguna forma de justificar la migración forzada por violencia sexual, ni violación, ni maternidad forzada. Nadie en la familia de Elvia, ni sus amigas, ni sus primas, podrían aducir que debieron huir porque sobre ellas pesa de modo permanente la amenaza de violación dentro de sus familias, que sigue a violencia física, control y desprecio. Nadie puede decir: “me tuve que ir de Ecuador porque mi primo, que ya me ha golpeado, me amenaza con violarme para disciplinarme.” Y sin embargo, es necesario huir.

 

¿Qué dice la encuesta INEC del 2011 sobre Cañar? Son datos escalofriantes que no podemos percibir si no atendemos las realidades rurales, campesinas, indígenas de las niñas y las mujeres en el país. La encuesta dice que: 67,8% de las niñas y mujeres han sufrido un tipo de violencia, dato mayor al promedio nacional; 52,9% de jóvenes o mujeres en secundaria ha sufrido y sufre violencia, es decir, más de la mitad de adolescentes están expuestas a probable violación y maternidad forzada, en entornos donde estudiar ya es bastante difícil sin estructura familiar, con situaciones en las que no da la vida para priorizar la educación ni el cuidado. Serán las jóvenes quienes cuiden a los abuelos, la tierra, a sus hermanos menores. Serán ellas quienes vivirán, probablemente, la maternidad forzada como un destino colectivo en donde la misma pobreza no da tiempo para intentar romper las cadenas de violencia. Al mismo tiempo, siempre habrá una Elvia con la claridad de que ese no es su destino. Por eso hay que escuchar su denuncia y su desesperación, que se expresa en el acto valiente y extremo de escapar.

 

Lo más alarmante, si esto último no fuera suficiente: según INEC, la violencia de género por parte de parejas y exparejas contra las mujeres se eleva en Cañar al 79%. Es decir, ocho de cada diez mujeres han sufrido y sufren violencia de parejas y exparejas. En cuanto al abuso sexual, según la misma encuesta, 49,1% de las mujeres que sufrieron abuso sexual antes de los 18 años sufrieron dicho abuso por parte de su padre, hermano, padrastro u otro familiar. Casi la mitad de las mujeres están expuestas a violación de sus familiares y de personas cercanas. En la votación del 17 de septiembre de 2019, la Asamblea Nacional de Ecuador, al votar en contra del aborto por violación, eligió también pasar esto por alto: impedir la reforma impidió tipificar la violación incestuosa. Sí, el poder legislativo ecuatoriano eligió perpetuar la violación impune de padres, hermanos, tíos, abuelos. La familia ante todo. 

 

Elvia sabe todo esto. Como ella, muchas jóvenes y mujeres en Cañar saben que la violencia no es destino, ser mujer no puede ser sólo esto. Su claridad es mucho más que lo que ven legisladores, la iglesia y el Estado. Un día, Elvia decide irse de Cañar y llegar, contra todo, a Estados Unidos. Siente que quizás allá no la siga la mano mortal de su primo, sus amenazas; el acoso permanente de compañeros de colegio organizados en grupos que buscan presenciar violaciones en el día para divertirse. Elvia sabe que tiene que irse, porque volver a Cañar será morir.

 

La historia de Elvia afirma su voluntad enorme por romper con los círculos de violencia, los ha identificado, sabe que la violación y la maternidad forzada no deben ser su destino. Como para miles de jóvenes migrantes ecuatorianas, para Elvia volver a Cañar sería resignarse a cercos de violencia que se levantan infranqueables ante ella, a pesar de su claridad y a pesar de su valentía. Toda esa valentía no ha podido ponerla a salvo ni permitirle proteger a su pequeña hermana. Romper un círculo de violencia es romper lazos, cuestionar a la familia entera, defender la vida propia contra la vida de la comunidad. Y, muchas veces, no poder volver. No poder abortar. No poder escapar. No poder. Pero no dejar de intentar. 

 

La migración de las mujeres ecuatorianas por violencia de género, violencia sexual intrafamiliar, violencia sexual de pandillas, temor a la maternidad forzada, tan ineludible, da cuenta de la gravedad de las decisiones tomadas en la Asamblea Nacional el 17 de septiembre pasado. Aquí, hay mujeres que tienen que huir para salvar su integridad. El aborto por violación no es un problema abstracto, es un problema tan concreto como este, que puede cambiar destinos individuales y destinos colectivos para las niñas y las mujeres, o que pueda condenarlas, condenarnos, a tener que huir. Ecuador, hoy, es esto. 

Cristina Burneo Salazar

Pertenece al movimiento de mujeres de Ecuador. Es escritora, traductora y docente en la Universidad Andina Simón Bolívar. Desde 2013 escribe artículos de opinión, crónica y narrativas desde el feminismo y otras desobediencias.

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    Al terminar de leer, suspiré, he retrocedido en el tiempo para entenderme y saber que cuando sentía que vivía en un reducido espacio, donde faltaba oxígeno y requería de apoyo por ser muy joven en una gran ciudad, parecía que NADIE veía lo que me estaba pasando y posteriormente, las sensaciones de que entre hombres eran cómplices, para mí difícil de romper ese escenario; y siempre obrando con cuidado de no molestar y ojalá volverme invisible.
    ¡Qué momentos! Es realmente bueno sacar afuera ese mudo que llevas en la garganta a pesar de los años y hoy poder responder a las inquietudes de mis mujeres (hijas) funcionamos como un clan. Desde mi ignorancia las protegía y ahora con más entereza me motivaré. Wao! cuando mi nieta me dice «Mami, …. Eso es machismo y yo soy feminista como tú» ¡Dios! Fuerza infinita y creadora, desde cualquier espacio podemos.
    Gracias Cristina Burneo.

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